La escuela y comunidad Muisca de Suba trabajan en red para resignificar sus entornos escolares

La escuela y comunidad Muisca de Suba trabajan en red para resignificar sus entornos escolares

En el marco del programa ‘Entornos Educativos Protectores y Confiables’ (ECO) de la Secretaría de Educación del Distrito, los colegios La Toscana Lisboa, José María Velaz y Tibabuyes Universal hicieron de la riqueza ambiental de su territorio la mejor herramienta para evitar la contaminación y la inseguridad.

Es una mañana soleada en la Plaza Fundacional de Suba y un grupo de jóvenes baila suavemente en círculo mientras entonan unas sencillas estrofas:

«Abuelito, cuéntame cosas de tu pasado, Abuelito, cuéntame cosas de tu ayer, que yo te escucharé tu historia y la mía, Ding dong, suenan las campanas, Ding dong, suena el corazón»

En el centro del círculo, un tocado de plumas, una figura hecha de flores amarillas, una vela y una totuma acompañan este ritual, mientras uno que otro transeúnte mira de reojo la inusual actividad que, aunque hoy resulta extraña, hace varios siglos -y mucho antes de que llegaran los españoles- era una actividad cotidiana de la comunidad indígena muisca, los primeros habitantes de este territorio y cuyas enseñanzas y tradiciones aún siguen vivas.

Es precisamente esta idea de resignificar los territorios, para desde ahí transformar y apropiar espacios ambientales y sociales de la localidad de Suba, el objetivo que persigue ‘Ecocultura Red Educativa’, una iniciativa liderada por los colegios La Toscana, José María Velaz y Tibabuyes Universal, que en el marco del programa ECO apuestan por la construcción de entornos educativos compartidos.

Luego de despedir al abuelo muisca que minutos atrás bailó, cantó y realizó un ritual de protección con los asistentes, Andrea Caita, comunera muisca e integrante de La Facua, colectivo comunitario que lidera la jornada, invita al grupo a sentarse para escuchar la historia que se encierra entre ese cuadrante de cemento, rodeado de estructuras que aún conservan ciertos rasgos coloniales y que, en 1550, la conquista española eligió como epicentro fundacional, pero que en el año 800 a.C. ya era habitado por el pueblo muisca.

“Hoy la invitación es a entender que el aprendizaje no está solamente en cuatro paredes y que todo lo que nos rodea, en especial el territorio donde habitamos, también hace parte de nuestra identidad”, dice Andrea, quien con estas palabras inicia lo que ella y su colectivo llaman ‘La Ruta de Saguara’, un circuito que comienza en la Plaza Fundacional de Suba, continúa en el Parque Mirador de Los Nevados y termina en la montaña de Tuna Alta, el último lugar de resistencia del cacique muisca, cuyo recorrido lleva su nombre.

En Suba como en muchos otros lugares de la capital del país, la cultura muisca y chibcha se mantiene y sigue viva en sus calles, en sus humedales y en los nombres de los barrios y apellidos de quienes allí habitan. Son como pequeñas piezas de un gran rompecabezas llamado Bacatá, que ahora todos conocen como Bogotá.

Un ECO que se expande en el territorio para trabajar en red

Fue precisamente esta riqueza ancestral del territorio y la relación de respeto y amor que tienen con la naturaleza y el ambiente la herramienta que los colegios La Toscana Lisboa, José María Velaz y Tibabuyes Universal decidieron utilizar para dar solución a una problemática en común: la acumulación inadecuada de residuos sólidos, que generaban un ambiente de contaminación e inseguridad en sus entornos.

“Cuando se conoce la historia de donde vivimos es más fácil respetar el territorio o conectarse con él. Lo de hoy busca eso, sensibilizar para reconocer la ancestralidad de Suba y fortalecer los procesos de resignificación y apropiación en cada colegio, para que, desde ahí, niñas y niños sean más conscientes de que el lugar donde viven tiene una historia particular y unas necesidades de cuidado”, explica Mercedes Kalil, rectora del colegio José María Velaz.

Si bien son pocas las manzanas y cuadras que separan a estos colegios, fue hasta la llegada del programa ECO y su componente de Entornos Educativos Compartidos que las tres instituciones entablaron puentes de comunicación. Para ellos, encontrar en sus pares nuevos aliados para resolver desde la pedagogía problemáticas de su entorno ha sido una experiencia enriquecedora.

“La importancia de este tipo de iniciativas como ECO reside en que al conocer a nuestros vecinos y a los otros colegios empezamos a crear un trabajo en red que permite, en nuestro caso, conocer de primera mano la historia ancestral que se esconde en nuestros territorios y eso hace que esta información trascienda con más fuerza, no solo en los estudiantes, sino también en sus familias”, señala Jaime Arangure, docente del colegio Tibabuyes Universal.

Además de este encuentro con la comunidad muisca de Suba, los colegios han adelantado actividades pedagógicas y de sensibilización con sus vecinos sobre la disposición adecuada de residuos sólidos y la no utilización del espacio público para su desecho.

Por eso, en Tibabuyes UPZ donde se ubican estas tres instituciones educativas es fácil ver materas llenas de color con mensajes alusivos al cuidado del ambiente. En suma, es un trabajo casi invisible, pero que poco a poco ha venido transformando y resignificando el territorio en el que viven y conviven.

¡En Red podemos hacerlo mejor!

Luego de terminar el recorrido por el Parque Mirador de la Nevados, donde en días despejados se pueden ver los nevados del Ruiz, Tolima, el Cisne y Santa Isabel, y en donde los muiscas de Suba enterraban a sus muertos, los estudiantes de los tres colegios caminan mezclados unos con otros, mientras ríen, comparten y hacen nuevos amigos.

“No tenía idea que todo esto existía aquí, ni había venido a este parque; es bonito ver como ellos (muiscas) hablan de la naturaleza, y como explican las cosas”, destaca Meili Estrada, estudiante del colegio La Toscana Lisboa, antes de subir emocionada al bus que la llevará a la última parada del recorrido: la montaña Tuna Alta, el lugar donde Saguara y los que no reconocieron las directrices de la corona española se refugiaron para proteger su vida y sus creencias.

Allí, todavía habita comunidad muisca organizada en utas, es decir, por cuadras de familias. Los Caita, familia de Andrea, es uno de los clanes que todavía vive allí, y aunque está lejos de ser lo que algún día fue, ella y otros jóvenes se esfuerzan por mantener vivo el legado de sus ancestros y, a la par, seguir desarrollando sus vidas en una selva de cemento donde a veces es más fácil perderse, que encontrarse.

“Soy licenciada en ciencias sociales y estudié esto con ganas de ayudar a mi comunidad porque veo que el tema de la interculturalidad es de doble vía. No se trata solo de que los indígenas en la ciudad aprendamos a movernos en ella, sino también de que los no indígenas conozcan nuestra versión de la historia para que aprendamos a comprendernos y respetarnos desde la diferencia”, comenta Andrea, mientras reparte entre sus invitados semillas de quinua, materas reciclables y un poco de tierra para que cada uno siembre en su casa una nueva planta.

“Esta es la forma en la que nosotros le pagamos al territorio por permitirnos vivir aquí”, explica la integrante del colectivo La Faqua. De inmediato, Meili se concentra en coger tierra y poner con cuidado las semillas que le dio Andrea. Le emociona e intriga la idea de ver cómo luce una matita de quinua y contará a su familia que Suba significa fruto del sol, que hay un parque hermoso que deberían visitar cualquier fin de semana y que eso de conocer personas de otros colegios no estuvo tan aburrido como pensaba.

Fuente: Secretaría de Educación de Bogotá

By Samantha Herrera

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